Si una frase se repitió este pasado jueves durante el festejo del 50º aniversario del Semanario Hebreo, esta es “no es menor que un órgano de prensa, un semanario, cumpla cincuenta años”. Todos reconocemos la contundencia del número cincuenta, especialmente medido en años; pero quienes nos aventuramos y sostenemos esfuerzos en medios de difusión podemos sentirlo en forma muy especial. Cuando cumplimos cinco años de radiomaná el pasado noviembre, si bien ya habíamos decidido movernos hacia otros proyectos, sentimos una enorme satisfacción de haber redondeado esa cantidad de tiempo en base a recursos, creatividad, y tenacidad. Más allá del producto que ofrecimos; u ofrecemos hoy en este sitio. No estamos hablando de contenidos, sino de proyectos en sí mismos, como forma de comunicación y difusión. Se trata de una idea expresada en un proyecto. En el caso del Semanario Hebreo, ha trascendido el hombre, el fundador, para recalar en el seno de una familia. Está claro que hablamos de José Jerosolimsky (z”l), de su hija Ana, y de su familia. Vaya a ellos nuestras felicitaciones.
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El Semanario Hebreo refleja una buena parte de la historia de esta
comunidad, de “la cole”; refleja desde una perspectiva muy específica,
la de este rincón del mundo, la historia del Estado de Israel y del
mundo judío todo; y refleja también desde esa perspectiva la realidad
nacional. Cincuenta años son mucho tiempo en términos históricos
relativamente breves. También son mucho tiempo en la vida de un hombre.
Cuando uno piensa en “el Semanario” puede pensar en las extensas
editoriales y entrevistas, en las fotos que hicieron historia, en los
titulares. Todo ello hace alusión a la gran Historia, con mayúscula.
Pero también podemos recordar las páginas que me atrevo a llamar
“sociales” en forma de avisos, ya sea felicitando por diversas
celebraciones o compartiendo el dolor de nuestros semejantes. En esos
tiempos podíamos enterarnos de quién se había recibido de contador
público o dentista; quién se casaba con quién; quién había fallecido.
Hoy esos avisos han casi caído en desuso, salvo excepciones. Pero de
igual modo, y de otra manera, “el Semanario” sigue reflejando el
acontecer comunitario, las hoy bien llamadas “historias mínimas” de
nuestra vida cotidiana. Del mismo modo, en su momento los avisos
“profesionales” supieron ocupar toda una página del Semanario Hebreo,
donde se ofrecían diferentes servicios, desde abogados a gestores, de
médicos a podólogos; servicios de fiestas, gastronómicos; y por
supuesto, los distintos “mohel” ofrecían allí sus servicios. Estar en
“el Semanario” era confirmación de ser, de estar, de presencia. En ese
sentido, “la ventana abierta” no era sólo “al mundo judío”, sino hacia
el interior de nuestra sociedad, de nuestra pequeña aldea.
Quienes nos congregamos el jueves por la noche en la Kehilá para acompañar a la familia Jerosolimsky y al staff del Semanario lo hicimos desde un sentimiento genuino. La presencia de ex presidentes, ex y actuales senadores y diputados, autoridades diplomáticas, no privó al acto de su entorno familiar. Desde las palabras pronunciadas, hasta los abrazos estrechados, reinaba una sensación de sentida familiaridad. Todos vinimos a reconocer el mérito y la trayectoria del medio que nos ha permitido, durante cincuenta años, re-conocernos.
Semanario Hebreo responde a una época. En cincuenta años los tiempos cambian, y Ana Jerosolimsky ha sabido acompasar los cambios al espíritu del Semanario. Este aun trasunta la impronta personal de su padre, “Iero”, pero se connota un vigor renovado, una aproximación agiornada de la realidad que refleja. El mandamiento bíblico de respetar a los padres tiene una consecuencia: la prolongación de nuestro tiempo sobre la tierra. Es “nuestro” tiempo, y el desafío es honrarlo por medio de obras y proyectos: incidir en el tiempo que nos toca.
Tal vez estos mojones tan significativos de la vida comunitaria deban servir no sólo para homenajear y honrar, sino para revisar y avanzar. Cuando nos congregamos para estos fines, debiéramos pensar en reunirnos también para mirar hacia delante. En ese sentido, la Jornada Comunitaria de noviembre pasado marcó un hito en esta historia contada mirando al futuro. Fue un intento, muy exitoso, pero no exento de “ruido”. Si bien somos capaces de reconocer y honrar nuestro pasado, por momentos parecemos miopes respecto de nuestro futuro comunitario, resistiéndonos a acompasar nuestros desvelos con las obvias realidades que vamos encontrando.
Sostener un medio de prensa durante cincuenta años ha sido un desafío. Sostener una vida comunitaria relevante para las nuevas generaciones, para nosotros mismos en estos tiempos que corren, también es un desafío mayor. Gracias a Semanario Hebreo por estos cincuenta años, y por motivar estas reflexiones.
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