Múltiples significados para una misma raíz.
Una raíz para un árbol de significados. Un sitio para construir y resignificar.

Desde Montevideo
Ianai Silberstein    Sábado, 24 de Julio de 2010 15:33 Imprimir

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No soy el único que ha vuelto a este gris, lluvioso, y frio Montevideo. Leyendo galería de Búsqueda esta semana, volviendo a mis rutinas más consuetudinarias, me encuentro con la página de Hugo Burel, donde narra su vivencia del Mundial mientras recorría Europa. Su experiencia me motivó a compartir la mía, aunque en un territorio menos glamoroso o “culto”: Israel. Cada cual vive las experiencias que le toca dadas su historia y circunstancia; cada cual tiene sus fronteras fuera de su comarca. O, al decir de Viglietti, “existe un territorio donde las sangres se mezclan”. Un Mundial es un territorio universal, no importa dónde se juegue.

Dicho esto, comencemos por el principio. Llegué a Israel el 24 de junio pasado, con Uruguay mansamente clasificado para la segunda ronda, entre los dieciséis mejores del mundo. Nada especial en sí mismo, pero no poca cosa para un país casi desconocido y anónimo en el mundo. Sin embargo, Uruguay llegó a esa instancia con puntaje casi perfecto, sin perder un partido y sin goles en contra; no es detalle menor para la sufrida tradición nacional. Tras esos tres primeros partidos, los hinchas de Uruguay habían adquirido un nueva consciencia acerca del potencial de su equipo. Sólo restaba ver hasta dónde se concretaba ese potencial. Ya sabemos el final de la historia. Sin embargo, aquí se trata de compartir la experiencia personal. Así como Uruguay recorría Sudáfrica entre sede y sede, y Burel recorría Europa tratando de escapar al Mundial, sin éxito, yo recorrí Israel y mis recuerdos compartiendo tiempo de fútbol. Otra dimensión al juego, como si le faltara dimensión y significados.
Mi primera parada, partido con Corea del Sur, fue con mi hijo en casa de un amigo emigrado a Israel hacía relativamente poco tiempo. Sábado de tarde, autopistas relativamente vacías, el sol deslumbrante del Levante. Además de unos pocos adultos (los dueños de casa y yo), el resto del público en las improvisadas tribunas del living eran jóvenes de veinte y pocos años, enfundados en camisetas celestes, con banderas, gorros, y canilla libre de cerveza. Todos emigrados voluntariamente, con mayor o menor dosis ideológica, pero Uruguay provocaba un torbellino casi hormonal de nostalgia. Esa tarde, victoria mediante, permitió vivir el partido desde dos orillas simultáneas: el Rio de la Plata, y el Mar Mediterráneo. Uruguay como experiencia estaba todavía vivo y presente: los recuerdos frescos, los nombres familiares. Si algo fue parecido a haber estado allí (vale decir, en Uruguay), fue ese partido.

Una semana después Uruguay enfrentó a Ghana. En Israel fue tarde en la noche del viernes. Viajé desde Jerusalem hasta Gan Yavne, un satélite de Ashdod en el sur de Israel, atravesando la estrecha geografía del país, de este a oeste, mirando el sol poniente. Otra vez el privilegio de las carreteras casi vacías y la sensación única e intransferible de Shabat en Israel. Primero bajando de Jerusalém al llano por la vertiginosa y mítica ruta 1, que une la capital con Tel-Aviv; la autopista que nunca duerme. Luego cortando a través de campos y ciudades menores, el Israel profundo; aun en un país tan pequeño, se puede hablar del Israel profundo. Floristas con sus últimos ramos a la vera de los cruces, y algunos coches más yendo de un lado a otro antes de la entrada del Shabat. De alguna manera, el territorio estaba ahí para ser absorbido por uno; el reencuentro. El partido lo vimos después de una tradicional cena de Shabat con amigos uruguayos largamente instalados en Israel: cuarenta años. Aun con la emoción que produjo el partido, la noche fue calma y quieta. En el silencio de un barrio sumido en la atmósfera sabática, sólo irrumpían los gritos de cinco uruguayos. En contraste, mi hijo y sus amigos, en un pub de Tel-Aviv, daba rienda suelta a los impulsos más nacionalistas en medio de millares de turistas e israelíes ajenos al significado de un penal “picado” por un tal “Loco Abreu”.

El partido con Holanda por semifinales lo vi en Jerusalem. Fue una excelente excusa para el reencuentro con viejos y queridos amigos de la infancia. Fue una simple y cotidiana jornada laboral, también en un horario tardío para estándares israelíes. Una amiga, tan turista como yo, nos conminó a no cambiar los lugares durante el partido, usar camisetas de Uruguay, y ella se coronó con un gorrito especialmente previsto para la oportunidad; no faltaron las cábalas en la tierra de la Cabalá. Allí me tocó actuar como “actualizador”, porque todos eran uruguayos largamente alejados del paisito, y profundamente arraigados en sus respectivas realidades. Pero si bien no fue la proximidad que viví durante el partido contra los coreanos, Uruguay sigue siendo un factor identitario en todos estos viejos amigos emigrados. Por fin Uruguay perdió un partido y volvimos a un sentimiento más conocido, el de la resignación y la humildad. Pero aun en la derrota, reinaba un aire de “pudo ser”; y si no fue, esta bien también.

El último partido lo vi en familia. Con mi hijo. Pasada la euforia y la expectativa de seguir avanzando posiciones, era un momento más propicio para la tranquilidad, la charla, la intimidad. La experiencia colectiva dio paso a la experiencia personal, con los afectos más próximos y básicos. Ya el partido no se jugaba tanto en la cancha en Sudáfrica, sino frente al televisor entre gente unida por lazos de sangre. Pero si la comida es una buena razón para reunirse, un partido de futbol es igualmente válido. Despojado de dramatismo, da lugar a momentos muy profundamente compartidos.

Allí terminó  el periplo de Uruguay en Sudáfrica. Dos días después, mi periplo en Israel. Llegué a España dos días después de coronarse campeón; pero esa es otra historia. España y yo tenemos poco en común, salvo un idioma, una literatura, y fragmentos de Historia. Es un país cautivante y hermoso. Pero uno no es español. Uno es judío, uruguayo, israelí. El Mundial, con esa magia que genera, dio lugar a estas experiencias tan únicas, tan especiales, tan idiosincráticas. No hay dos experiencias iguales, por eso vale la pena compartirlas. A diferencia de Hugo Burel, yo tenía plena consciencia de que el Mundial se cruzaría en mi camino durante esas tres semanas. Lo que no podía saber es las experiencias a las que daría lugar, las emociones que despertaría, las nostalgias, los conflictos, las ambigüedades y contradicciones, propias y ajenas, que se generan alrededor de una pelota de futbol; o la imagen de una pelota de fútbol. En este Mundial, una pelota impredecible y sorprendente. Pregunten a los arqueros.