En nuestras últimas editoriales no hemos querido eludir lo que significa estar una vez más en Israel. Hoy elegimos hacerlo. Si Israel es una expresión nacional, o nacionalista, de nuestro judaísmo, el fútbol lo es en cuanto a nuestro ser uruguayo. Mirado desde fuera, desde muy lejos, desarraigado de la pasión callejera y mediática que sentiríamos si estuviéramos en Montevideo, la magnitud de lo sucedido en las últimas semanas cobra una dimensión distinta. En especial cuando hemos dedicado una semana a profundizar en temas de identidad nacional respecto al Judaísmo e Israel. Los parámetros no son exactamente trasladables, porque las Historias son bien distintas, pero el ejercicio de reflexión bien vale la pena.
Soy un escucha habitual de una radio deportiva de Montevideo. Si bien es reiterativa, resulta muy entretenida durante los trayectos que uno transita durante el día. Viendo el Mundial desde estas latitudes me di cuenta cómo se extrañan los comentarios, la profundización, todo lo que rodea a un partido de futbol en sí mismo. Dicho de otra manera: cuando termina el partido, sigue el entretenimiento. Ahora me faltó. Por eso me atrevo a afirmar que el mejor lugar para disfrutar los logros de la Selección de Uruguay no es un estadio en Sudáfrica, sino el Uruguay mismo. Haberlo vivido, para poderlo contar. Felices aquellos que pudieron y decidieron viajar; felices aquellos que acompañaron la “gesta” (me permito adherir a la terminología populista deportiva largamente acuñada) día a día en Sudáfrica, como mi amigo Sergio Gorzy; felices los jugadores y técnicos que estuvieron allí y fueron protagonistas. Pero los más felices son los uruguayos de a pie cuyo invierno parece menos frio y menos gris este mes de Julio de 2010. Puedo, y quiero, imaginar los encuentros cotidianos con gente que apenas conocemos pero con quien nos cruzamos diariamente: aquel con quien trabajamos, el mozo que nos atiende en un bar, el funcionario del banco. Cualquier esquina de Montevideo, se 18 y Ejido, sea “Propios” y San Martín, es una esquina propicia para el renovado pacto nacional. |
El uso de los términos hace a la cosa. No en vano la marcha que lideró Artigas retirándose de Montevideo fue llamada el Éxodo del Pueblo Oriental. Cuando hablamos de pacto, seguramente en Uruguay nos remontemos a la historia reciente para hablar del Pacto del Club Naval. Pero si elegimos la acepción bíblica del término, hablamos de pacto como convenio, como acuerdo, como compromiso. Si bien el pacto referido tuvo consecuencias históricas indiscutibles, fue un pacto de grupos, o incluso de elites de grupos. Cuando hablamos de pacto en un sentido bíblico pensamos en un colectivo. Escrito o no, se genera una renovación de la pertenencia a un grupo determinado. El fútbol en Uruguay no es sólo un deporte de masas. Es una forma legítima de escribir la historia. Vale decir: el juego en sí mismo constituye un texto, pero sobre todo el acto comunicacional que el futbol genera es un texto aun más poderoso.
Cuando en 1970 Uruguay obtuvo un dignísimo cuarto puesto detrás de Brasil, Italia, y Alemania, estábamos asistiendo al final de una época de oro, cuya culminación había sido la obtención del Campeonato del Mundo de 1950 en Maracaná, Rio de Janeiro, Brasil. Todavía en 1971 el Club Nacional de Fútbol fue Campeón de América y del Mundo; en la década de 1960 Peñarol había cosechado sus más grandes triunfos. En 1976 el Club Atlético Defensor se coronó Campeón Uruguayo, cambiando la historia para siempre. Era el final de una época. A la publicación de esta editorial, Uruguay tiene garantizado un cuarto puesto en este Campeonato del Mundo 2010. Han pasado cuarenta años, casi dos generaciones. ¿No cabe, entonces, hablar de la renovación de un pacto? Aquello que nos contaron y que les contamos a nuestros hijos, aquí esta, podemos verlo, y vivirlo. Uruguay vuelve a estar en el mapa gracias al fútbol. Pero es mucho más que eso. En el fondo, todos sabemos que Uruguay está en el mapa para quedarse. No es cuestión de existencia, sino de identidad. En un sentido muy concreto: aquello que somos. Estas dos generaciones que sólo oyeron las historias son ahora parte del mito. A Obdulio se sumará Lugano, a Ghiggia, Suárez; a Schiaffino, Forlán. La Historia se está repitiendo ante nuestros ojos, nos toca a nosotros y nuestros hijos presenciarla. No en vanoel aviso publicitario habla de qué camino recorrerá la caravana cuando regrese la delegación la semana próxima. Campeones del Mundo, segundos, terceros, o cuartos, cuando se pensó el guión de la publicidad estaba claro que no hablamos de fútbol, sino de lo que el fútbol genera. Porque el fútbol es aquello que genera, por sobre todo.
La identidad nacional se construye. Es una narrativa. Los logros de la Selección Nacional hacen a esa narrativa. En la derrota, en la humillación, en el triunfo y en la dignidad de estar entre los cuatro mejores. Nuestros gigantes y ultra nacionalistas vecinos, Argentina y Brasil, no están entre los cuatro mejores junto a las viejas naciones europeas. Eso es construir identidad. Permite que tres millones y medio de personas sepan exactamente quienes y qué son, sentirse orgullosos de serlo, aun sabiendo que la realidad es más compleja que un juego. Pero por algo lo jugamos, y por algo el mundo entero “tiene forma de pelota” una vez cada cuatro años.
Los historiadores del fútbol, Franklin Morales en particular, también Maiztegui, afirman que el fútbol uruguayo sustituyó en el siglo XX, bajo la forma de un juego importado de Inglaterra, las profundas divisiones de una sociedad. La rivalidad binaria de los equipos “grandes” es paralela a la rivalidad de las divisas tradicionales; el surgimiento con poder y logros de los equipos “menores” coincide con el surgimiento de una tercer fuerza política con poder. Sin duda, nada existe por sí mismo ni descontextualizado. El desempeño de la Selección nacional en este año 2010 es parte de la historia del Uruguay que se escribe. Pero eso es tema de analistas políticos, sociales, y de historiadores. Lo que vale la pena resaltar es que aquello que parecía inamovible y fatal, predeterminado, puede modificarse. A través del fútbol, una sociedad entera, sin distinción, puede sentir que es posible otra cosa que no sea la repetición del fracaso una y otra vez, a manos de intereses mezquinos y personales. Que sin duda están allí, intactos, porque la condición humana es esa. Pero también es condición humana el deseo de superación, el deseo de incidir en la historia y la realidad. El desempeño deportivo y la conducta del equipo uruguayo (de)muestra una mejor manera de ser. Estábamos todos atentos, todos mirando, y seguramente todos lo vimos. |
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