Múltiples significados para una misma raíz.
Una raíz para un árbol de significados. Un sitio para construir y resignificar.

Desde Jerusalem
Ianai Silberstein    Viernes, 02 de Julio de 2010 16:06 Imprimir

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Escribir una editorial desde Jerusalem no debiera ser difícil. A esos efectos, tampoco hacerlo desde cualquier otro lugar de Israel. Pero Jerusalem potencia el lado emotivo y mítico, por lo que representa, por su iconografía, por sus implicancias políticas. Cuenta la historia que el rey David la hizo su capital para generar un centro en su flamante reino; si así fue, y por cierto suena coherente, tuvo enorme éxito: más de tres mil años más tarde sigue siendo el centro de la vida judía, la capital del Estado de Israel, y centro espiritual tanto del islam y el cristianismo. Pero la realidad de Jerusalem, así como la de Israel como país y fenómeno social, supera cualquier simbología. La realidad se instala en cada vuelta de esquina, en cada semáforo. Resulta difícil de absorber, aun cuando uno tiene práctica en ir y venir, en volver. Israel inspira reflexión, genera tensiones, emociona.

En un tiempo  se hablaba del Estado de Israel como la “reunión de las diásporas”, kibutz galuiot. Las diásporas mientras tanto siguen existiendo, como siempre ha sido, de modo que dejémoslas aparte y ocupémonos de la primer parte de la expresión: kibutz. Así, por sí sola, uno asocia inmediatamente con el fenómeno social del Kibutz, tan israelí, tan único, aun cuando ha sufrido transformaciones radicales. Pero kibutz hace referencia a “reunir”, “juntar”, “agrupar”, y es ese el sentido que quisiera resaltar: Israel (re)une. Desde la experiencia personal de reencuentro con amigos largamente perdidos, hasta el reencuentro periódico con aquellos que no perdimos pero están lejos. Desde la experiencia colectiva del rescate de judíos etíopes o yemenitas, hasta la experiencia personal de reencuentro de sobrevivientes de la Shoá. Así como es un cruce entre continentes, Israel es un cruce permanente de personas. Algunas se quedan, otras vuelven. Es un espacio público judío donde todos los judíos del mundo podemos re-encontrarnos, re-unirnos, como tales.
El sentido de reunir está íntimamente ligado a la misión de rescate. Israel es y ha sido el refugio del judaísmo mundial en diferentes circunstancias. La más notoria, y una de las razones más poderosas para su creación, la Shoá. La saga de los judíos rusos o soviéticos, la de los falasha, la de los yemenitas, la de los perseguidos políticos, la de los marginados por crisis financieras, son todas historias de rescate. Si uno escucha las historias mínimas también conocerá los rescates individuales, esos que han cambiado para siempre la vida de las personas. No como grupos, sino como individuos. Por eso, cuando uno viene a Israel puede hacer dos cosas: turismo, o visitar gente; sea familia, amigos. Puede también hacer las dos cosas, pero cada una es razón suficiente por sí misma.

Hay una tercera actividad posible: estudiar. Esto no es una opción sólo para quienes se sienten religiosos, sea cual sea su denominación. Israel se ha convertido en el centro cultural e intelectual del mundo judío. Tal vez Estados Unidos dispute esta afirmación, pero cada vez con menos fuerza. Israel parece hoy haber explotado cultural e intelectualmente, generando nuevas ideas y desafíos. No hablo de alta tecnología, algo conocido por todos, sino de la capacidad de volver a leer las fuentes y pensar nuestra identidad y razón de ser.

Israel es un encuentro de historias unidas por una narrativa común. El cruce de historias no es una mera metáfora: existe físicamente. La gente se encuentra y cuenta sus historias. Porque, como escribió Paul Johnson, somos un pueblo consciente de la Historia y de nuestro rol en ella. La narrativa bíblica, fundacional, genera un lenguaje común que hemos cultivado por milenios. Que el mismo idioma en que esa historia fue escrita sea el que se hable en la calle es, por lo menos, asombroso. Es el idioma que nos permite juntarnos, reunirnos, volvernos a encontrar. Es este Israel, ésta Jerusalem, quienes nos brindan el espacio para hacerlo. El mito mesiánico parece estar un poco más cerca. Mientras tanto, los hombres seguiremos construyendo.