La pregunta “quién es judío” ha sido recurrente a lo largo de la historia. Siempre ha sido pertinente, actual, provocativa. Del criterio amplio de los antisemitas al criterio riguroso de los puristas de la “ley del vientre”, hay una cantidad y una variedad muy grande de formas de entender la identidad judía (o no…) de un determinado individuo. Aun cuando el judaísmo legisla acerca de convertirse en judíos, el instituto de “la conversión” se transforma, en muchos casos, en un instrumento político que suma controversia al tema del “ser” judío. Así, se ha escuchado afirmar que, hoy en día, el tema no es ya quién es judío sino quién es rabino; siendo que entre éstos se instala un retorcido juego de reconocimiento o no reconocimiento de la autoridad del colega.
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En los últimos tiempos ha surgido un nuevo pasatiempo farandulesco
judeo-uruguayo, acompasado con el proceso de tinellización de nuestra
cultura popular: descubrir el origen judío de algunos “celebrities”
compatriotas, y preguntarles acerca de su identificación con el
judaísmo; para luego, por supuesto, comentarlo en tertulias sociales.
Así, desde notorios periodistas deportivos hasta murgueros ascendentes,
pasando por periodistas, cantantes, conductores de radio y TV… en fin,
hay para todos los gustos. En algún lugar, siempre, hay alguien que de
una forma u otra puede ser identificado como uno de nosotros. Pero hay
un paso más para dar: preguntarles a estos “famosos” qué tan judíos se
sienten, qué tanto pertenecen al sistema de valores de nuestra
comunidad, lo que habitualmente llamamos “la cole”. La gran mayoría de
las veces, la respuesta no nos gusta. No sólo que el origen judío del
personaje en sí es poco relevante a la tarea que le ha dado su fama,
sino que para ellos lo judío es un aspecto de su vida más o menos
marginal.
Hace unos años, en el tradicional “tikun” (noche de estudio) de Shavuot
de la NCI, el productor y editor cinematográfico Fernando Epstein dijo,
acerca de su película “Whisky” que en ella el judaísmo esta “mirado de
soslayo”. Vale decir, algo judío se cuela en la compleja maraña de
significados que hacen a una película, pero no hace a lo medular de la
misma. Haciendo uso de la expresión, bien podría decirse que hay judíos
de soslayo. Son aquellos que saben lo que son, tienen claras sus
prioridades en la vida, sus metas, y su escala de valores. En esos
casos, lo judío no califica entre los “top 10” atributos que hacen a la
individualidad de una persona. Es un rasgo más entre todo aquello que
nos constituye; no necesariamente es un rasgo que nos identifica.
La
función de “paparazzis” de la judeidad de nuestros famosos no es digna
ni relevante. Pone al descubierto un aspecto perseguidor de nuestra
identidad que poco aporta, si es que no daña. Lo interesante es
preguntarse por qué este asunto constituye un tema de conversación o un
interés a nivel popular. Qué importancia o valor tiene que determinado
personaje famoso reconozca más o menos su judaísmo, su identificación
con lo judío, su pertenencia mayor o menor al sistema de valores de
nuestra comunidad, su adhesión incondicional – o muy condicionada – al
Estado de Israel. Seguramente, ninguna de estas cuestiones incide en su
popularidad, su desempeño, y su aporte a la sociedad desde la función
mediática que cumplen. En otras palabras: sólo a los judíos, y entre
ellos sólo a algunos, nos interesa “el lado judío” de determinado
personaje famoso. El resto de la sociedad poco valor le da al asunto.
Excepto los antisemitas, claro.
En todo caso, los famosos se
convierten en emergentes de la sociedad. Ellos representan los valores,
sueños, y aspiraciones de la gente común. Como los judíos no escapamos
a esa definición de gente común, también nosotros queremos ver en
ellos, los famosos, aquello que no somos. A través de su condición
judía, cualquiera esta sea, el famoso nos devuelve una imagen diferente
de nosotros mismos que aquella que estamos acostumbrados a ver, todos
los días, en el espejo. |
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