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Editorial
El tiempo
Ianai Silberstein    Viernes, 11 de Marzo de 2011 11:47 Imprimir

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Hace poco más de una año, cuando recién habíamos iniciado este sitio, mientras transcurría el verano y las vacaciones, el tema del “tiempo” ocupó algunos de estos espacios editoriales. Cuando encaro nuevamente el desafío de escribir y compartir algo cada semana, después de algunas semanas de vacaciones, el tema vuelve a aparecer, ineludible, como una necesidad profunda de pensar acerca del tiempo y la forma como lo percibimos. Porque cuando el año pasado me aproximé al tema lo hice desde el ritmo semanal, ancestral, del Shabat.
Este año me aproximo al tema después de un mes de ni siquiera intentar esa aproximación. El tiempo ha sido estas semanas una unidad suspendida de una duna sobre la playa; el sol salió y se puso, pero los días fueron todos iguales. El tiempo transcurrió, por cierto. Leímos alguna cosa, pensamos mucho sobre otras, compartimos tiempo con seres queridos. Pero cuando enfrento la tarea de escribir me doy cuenta que a este tiempo transcurrido le faltó algo: sentido, propósito. Tal vez sea ese el significado último del concepto de “vacaciones”.

La última editorial fue acerca del desenlace (parcial) en Egipto. Mientras tanto, el foco de atención se trasladó a Libia. No es que no hayan sucedido cosas en el mundo en estas semanas; pero elegimos apenas ojearlas en la pantalla, quedarnos fuera del cuadro, no sentirnos parte, no asumir posturas ni aventurar opiniones. El Uruguay en general, y en verano en particular, ofrece esta posibilidad: el tiempo es nuestro, casi como la calle a la que canta José Carbajal en “Chiquillada”: “La calle es nuestra si queremos pasarlo corriendo atrás del aro, llevando el andador”. Corremos de igual manera atrás del sol, la playa, el carnaval: “aros”, juegos, pelotas. Los tiempos en Uruguay siguen el modelo mediterráneo, no el modelo nórdico de las urgencias, la falta de luz, los inviernos largos. Parafraseando al Presidente Mujica: todo lleva mucho tiempo.

El calendario judío se ocupa de este fenómeno de “suspensión”. Por precepto, suspende el tiempo cada semana en Shabat. El tiempo se acumula, corre “hacia” Shabat, y allí se suspende. Sin embargo, ni tanto, porque cada Shabat avanzamos en la lectura de la Torá, y con ello existe ese otro tiempo, “sagrado” lo llaman algunos, que tiene que ver con nuestro interior, nuestra vida comunitaria, nuestra vida trascendental. Así, el tiempo tiene varias “suspensiones”: diarias, semanales, mensuales, anuales; está regulado. Porque el tiempo es nuestra vida; o dicho de otra manera, nuestra vida se mide, en última instancia, en tiempo. Sin duda sumamos otros valores: amor, familia, descendencia, fortuna, legados; pero el tiempo es vida, la ecuación cierra perfectamente.

Desde este tiempo suspendido sobre una duna frente al mar tal vez la interrogante es acerca del uso del tiempo; del sentido de la vida. No “LA VIDA”, sino la vida íntima, personal de cada uno. La que está conformada de una sucesión de pequeños y significantes momentos que llenan nuestra existencia, nuestro tiempo sobre la tierra.