Cada época del año tiene su impronta: su clima (aunque este ha cambiado dramáticamente), sus aromas, sus sabores, su luz y sus noches, sus vientos, su tránsito, su ritmo; podríamos sumar muchas variables más. Algo nos dice, sin mirar el almanaque, que estamos en determinada época del año. Del mismo modo que algo nos dice que es viernes, o domingo, o lunes. Señales que leemos con nuestra percepción, sin necesidad de un texto escrito. Esto nos sucede solamente en espacios que llamamos nuestros; exige cotidaneidad, permanencia. Cuando aterrizamos en una ciudad que no conocemos, necesitamos que nos digan el clima, la temperatura, y la hora; cuando regresamos a nuestra ciudad, tenemos una idea, una expectativa, de lo que nos espera al salir del aeropuerto.
Febrero es el mes de Carnaval. Enero fue el mes de la ausencia. Ahora todos, en mayor o menor medida, hemos vuelto. La ciudad recupera su ritmo habitual, comienza prepararse el nuevo año: escuelas, proyectos, trabajo. Más aún si se inicia un nuevo gobierno. Por unas horas, damos vuelta la espalda al mar y volvemos a concentrarnos en nuestro quehacer diario. Todavía tímidamente, pero ya no existe la desconexión total de enero, como si el mundo se hubiera detenido después de finalizado el año. En febrero, de a poco, comenzamos a girar. Como giran las ruedas de los ciclistas. Empezamos a “dar vueltas”, a recorrernos. |
Una vez más, cuando aprontamos este retorno, los dioses se cuelan en nuestras vidas, aun cuando la mayoría de nosotros ni lo percibamos o lo asumamos. El mes comienza con la celebración de Iemanjá el día 2. Folclórica, ajena, sin embargo cada año convoca más y más personas. Pero por sobre todo, febrero esta pautado por Carnaval. Febrero ES Carnaval. A mucha gente no le gusta el Carnaval, ni las murgas, menos los tablados; pero recorremos el dial y escuchamos murga, recorremos la ciudad y encontramos tablados, y la semana misma de Carnaval tenemos que cuidarnos de que nos mojen. Como tantas cosas, Carnaval no es un acto voluntario ni una manifestación íntima: es un estado social. Los dioses allá quedaron, en algún lugar de la historia. Pero entre Iemanjá y dios Momo esta la cosa. Dioses de otros, dioses diferentes.
Carnaval es un tiempo permisivo. Metido como cuña pagana en la cultura judeo-cristiana, permite al hombre incursionar en juegos, ficciones, burlas, parodias, y manifestaciones profundas y no pautadas por las instituciones religiosas. Hay libertad de creación, hay lenguaje popular, hay color, disfraces, maquillajes, y máscaras. Casi todo esta permitido. Reirse de la autoridad, reirse de las costumbres, reirse de nosotros mismos. Alli estamos, pero no somos nosotros. Hacemos culto a otros dioses, no a los dioses que guian nuestra vida ética y moralmente correcta. Pasado el Carnaval, terminamos de volver a nuestra rutina. Los disfraces se guardan o se tiran. Las normas vuelven a regirnos.
Se dice que el Carnaval uruguayo es el más largo del mundo, dura cuarenta días. Es probable. Seguramente esto es asi porque su popularidad lo convierte en un muy buen negocio, y la fecha del calendario no alcanza para contener todas las manifestaciones que surgen ni el afán de las miles de personas involucradas. Sea como sea, la duración es una característica uruguaya, del mismo modo que lo es viajar en Semana Santa. Como dijimos más arriba, se convierte no ya en una festividad, sino en un estado social.
Siendo tan largo y tan “organizado”, con concursos oficiales, reglamentos, polémicas, conflictos, y mucho dinero de por medio, cabe preguntarse si la fiesta no ha perdido su esencia. Se ha institucionalizado tanto, que tal vez haya perdido su espontaneidad y desparpajo, aquello de jugar en los límites de lo permitido y aceptado, o incluso traspasar esos límites. Más aun: iniciando un segundo gobierno nacional del Frente Amplio, y un quinto gobierno municipal en Montevideo, los letristas y guionistas tendrán que empezar a buscar otros temas, o sincerarse consigo mismos. Los gobiernos de los partidos tradicionales ofrecían un material muy fácil de elaborar para una manifestación cultural que, mayormente, hablaba desde la oposición. ¿Los tablados se convertirán en oficialistas? Tal vez el mayor desafío se mantener el espíritu carnavalesco de la mirada atrevida y burlona del bufón, aun cuando ésta sea sobre nosotros mismos.
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