Múltiples significados para una misma raíz.
Una raíz para un árbol de significados. Un sitio para construir y resignificar.

Editorial 04.02.10
administrador    Jueves, 04 de Febrero de 2010 19:07 Imprimir

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La pregunta “quién es judío” ha sido recurrente a lo largo de la historia. Siempre ha sido pertinente, actual, provocativa. Del criterio amplio de los antisemitas al criterio riguroso de los puristas de la “ley del vientre”, hay una cantidad y una variedad muy grande de formas de entender la identidad judía (o no…) de un determinado individuo. Aun cuando el judaísmo legisla acerca de convertirse en judíos, el instituto de “la conversión” se transforma, en muchos casos, en un instrumento político que suma controversia al tema del “ser” judío. Así, se ha escuchado afirmar que, hoy en día, el tema no es ya quién es judío sino quién es rabino; siendo que entre éstos se instala un retorcido juego de reconocimiento o no reconocimiento de la autoridad del colega.
En los últimos tiempos ha surgido un nuevo pasatiempo farandulesco judeo-uruguayo, acompasado con el proceso de tinellización de nuestra cultura popular: descubrir el origen judío de algunos “celebrities” compatriotas, y preguntarles acerca de su identificación con el judaísmo; para luego, por supuesto, comentarlo en tertulias sociales. Así, desde notorios periodistas deportivos hasta murgueros ascendentes, pasando por periodistas, cantantes, conductores de radio y TV… en fin, hay para todos los gustos. En algún lugar, siempre, hay alguien que de una forma u otra puede ser identificado como uno de nosotros. Pero hay un paso más para dar: preguntarles a estos “famosos” qué tan judíos se sienten, qué tanto pertenecen al sistema de valores de nuestra comunidad, lo que habitualmente llamamos “la cole”. La gran mayoría de las veces, la respuesta no nos gusta. No sólo que el origen judío del personaje en sí es poco relevante a la tarea que le ha dado su fama, sino que para ellos lo judío es un aspecto de su vida más o menos marginal.

Hace unos años, en el tradicional “tikun” (noche de estudio) de Shavuot de la NCI, el productor y editor cinematográfico Fernando Epstein dijo, acerca de su película “Whisky” que en ella el judaísmo esta “mirado de soslayo”. Vale decir, algo judío se cuela en la compleja maraña de significados que hacen a una película, pero no hace a lo medular de la misma. Haciendo uso de la expresión, bien podría decirse que hay judíos de soslayo. Son aquellos que saben lo que son, tienen claras sus prioridades en la vida, sus metas, y su escala de valores. En esos casos, lo judío no califica entre los “top 10” atributos que hacen a la individualidad de una persona. Es un rasgo más entre todo aquello que nos constituye; no necesariamente es un rasgo que nos identifica.

La función de “paparazzis” de la judeidad de nuestros famosos no es digna ni relevante. Pone al descubierto un aspecto perseguidor de nuestra identidad que poco aporta, si es que no daña. Lo interesante es preguntarse por qué este asunto constituye un tema de conversación o un interés a nivel popular. Qué importancia o valor tiene que determinado personaje famoso reconozca más o menos su judaísmo, su identificación con lo judío, su pertenencia mayor o menor al sistema de valores de nuestra comunidad, su adhesión incondicional – o muy condicionada – al Estado de Israel. Seguramente, ninguna de estas cuestiones incide en su popularidad, su desempeño, y su aporte a la sociedad desde la función mediática que cumplen. En otras palabras: sólo a los judíos, y entre ellos sólo a algunos, nos interesa “el lado judío” de determinado personaje famoso. El resto de la sociedad poco valor le da al asunto. Excepto los antisemitas, claro.

En todo caso, los famosos se convierten en emergentes de la sociedad. Ellos representan los valores, sueños, y aspiraciones de la gente común. Como los judíos no escapamos a esa definición de gente común, también nosotros queremos ver en ellos, los famosos, aquello que no somos. A través de su condición judía, cualquiera esta sea, el famoso nos devuelve una imagen diferente de nosotros mismos que aquella que estamos acostumbrados a ver, todos los días, en el espejo.