Giuliana Alpern
Jueves, 21 de Enero de 2010 18:08
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Un hombre inmerso en el mundo cotidiano de su hogar le confiesa a su mujer que ha matado a un tipo. Lo que aparentemente es un hecho único, producto de un impulso, de un momento de locura se transformará en un hecho frecuente. Su esposa, quien hace lo posible para alejarlo del crimen, se verá transformada en su principal encubridora. La compulsión homicida del esposo encuentra “contención familiar” en su mujer, pero finalmente, todos, caerán en su furor asesino. A través de un humor del color más oscuro, la obra nos lleva por los laberintos del matrimonio y nos muestra hasta dónde es capaz, la familia, de encubrir los horrores más terribles.
Mate a un tipo es una comedia negra escrita en 2004, buscando trabajar sobre los conflictos familiares, tema que se repite en su escritor, Daniel Dalmaroni. Editada, y distribuida también en España, fue sumando versiones a uno y otro lado del Atlántico, hasta superar la veintena. También cosechó premios, como el Argentores-Estrella de Mar 2008. Paralelamente, el libro pasaba a manos de Alfredo Goldstein gracias a la crítica argentina Ana Seoane.
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Es una comedia negra que se convierte en drama surrealista hasta que un
psicólogo empieza a ahondar en las relaciones de esta familia de clase
media donde el hábito de matar acaba por convertirse en un auténtico
vicio. La impaciencia, el encubrimiento familiar y la imperiosa
necesidad de confesarse son el eje que sostiene la impunidad con las
que se manejan a veces las situaciones más cotidianas. Una obra que
propone que cualquiera puede ser un asesino, que cualquiera de
nosotros, hombres y mujeres comunes y corrientes, llevamos uno dentro
nuestro. Somos supervivientes, depredadores y tenemos la capacidad de
matar y destruir. A su vez la obra pone sobre el tapete el tema de la
hipocresía social y las farsas familiares.
En definitiva, a través de cuatro personajes nos acercamos al escenario donde interactúan los responsables de los crímenes que suceden cada día en las grandes ciudades. Y resulta que estamos todos retratados entre los participantes. La impaciencia, el encubrimiento familiar y la imperiosa necesidad de confesarse son el eje que sostiene la impunidad con las que se manejan a veces las situaciones más cotidianas. |
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