Giuliana Alpern
Jueves, 26 de Enero de 2012 23:10
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“Matt” sabía que su matrimonio no atravesaba su mejor momento, pero no es hasta cuando habla con su hija mayor, “Alexandra” –encarnada por Shailene Woodley con gran naturalidad y espontaneidad-, que descubre que su esposa le estaba siendo infiel. George Clooney, como intérprete de “Matt King”, un millonario heredero de miles de cuerdas de terreno en Hawai cuya esposa queda en estado comatoso tras sufrir un accidente en un bote. La delicada situación lo obliga a apartarse de su trabajo como abogado y a restablecer su relación con sus hijas, una de 10 y otra de 17 años.
Los personajes de sus historias siempre son imperfectos, lo que abona a su credibilidad. La familia “King” es bastante disfuncional, desde la pequeña y extrovertida “Scottie” (Amanra Miller), que no sabe comportarse como una niña, hasta el propio “Matt”, quien se describe a sí mismo como “el padre de apoyo” porque nunca le dedicó suficiente tiempo a sus hijas. La más centrada, aunque no lo parezca, es “Alexandra”, cuya rebeldía le sirve de barrera para esconder sus verdaderas emociones.
La historia trascurre íntegramente en Hawai, sinónimo de encuentro turístico, asuetos familiares, estampados florales y relajación. Pero en The Descendants, nos percatamos que la vida y los problemas de los hawaianos, no se diferencian en lo absoluto, a la de personas y familias que redicen en diferentes partes del mundo.
Luego de realizar "Entre Copas", cinta del 2004 que ganó el premio Oscar al Mejor Guión Adaptado, Alexander Payne vuelve a ocupar la silla de director para llevar adelante la adaptación cinematográfica de "Los Descendientes", novela escrita por Kaui Hart Hemmings y, teniendo en cuenta el estilo que él mismo marcó en sus pasadas propuestas, le brinda al espectador una experiencia divertida, fuerte, emocionante, con actuaciones maravillosas y un manejo de los tiempos que transporta inmediatamente al público a la acción. Payne experimenta por primera vez lo que es trabajar sin su coguionista Jim Taylor y el resultado es evidente. The Descendants es una película mucho menos solazada pero con más sentido de la profundidad dramática en las emociones que produce.
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Última actualización el Viernes, 27 de Enero de 2012 13:14 |
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Yair Lapid
Jueves, 02 de Febrero de 2012 17:51
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El lunes pasado dormí profundamente. La noche anterior me había quedado respondiendo correos electrónicos y mensajes de texto hasta las 4:00 am, y además, por primera vez en muchos años, no debía cumplir un horario de trabajo, pues ya no tenía ninguno.
Me afeité, me hice el café y salí afuera a recoger los periódicos. Cuando abrí la puerta, había decenas de fotógrafos y equipos de televisión esperando. Me gritaban. Yo no lograba comprender del todo sus palabras, pero la idea general era que ellos querían saber por qué había decidido a entrar en la política.
Soy una persona con mucha experiencia, ciertamente frente a las cámaras; no obstante, aquello me resultaba extraño.
He visto ese tipo de escenas en películas norteamericanas, pero no en Israel. Me quedé allí por un momento, con el café en la mano, tratando de pensar la forma adecuada de resumirlo todo en una sola frase. Al final, logré hacer la única cosa que podía en aquel momento: sonreír a las cámaras y volver adentro con los periódicos. En la corta distancia que media desde la puerta hasta el seguro refugio de mi salón, tuve tiempo suficiente para enterarme de que mi salto a la política era el principal titular en todos lados.
Voy a entrar en la política porque creo que el tipo de discurso que circula en Israel está sumiendo a este país en el olvido, y yo quiero cambiar eso. Probablemente, ésta sea una misión muy ambiciosa, pero ¿valdría la pena abandonar mi cómodo asiento en el Noticiero de los viernes por algo carente de toda ambición?
Por otro lado, hay que ser modestos también. Si las reglas de la arena política definen la «posición» individual como algo que puede expresarse en dos palabras, no puedo eximirme a mí mismo de hacerlo. De hecho, actualmente me ocupo de la redacción de una detallada plataforma acerca de una serie de temas -que van desde el conflicto israelí-palestino hasta la urgente necesidad de una Constitución-, pero por el momento, necesito estudiar el teatro político, y quizá la primera fase consista en desarrollar la capacidad de comunicar mensajes pegadizos.
Por lo tanto, tuve que preguntarme a mí mismo si podían ocurrírseme dos o
tres palabras que definieran de modo conveniente mi orientación
política.
Sorprendentemente, la respuesta es «sí». Tengo tres palabras, pero las
pronunciaré sólo con la condición de que los lectores prometan tener en
cuenta que la discusión no se agota en ellas, sino que es ahí mismo
donde comienza. Contrariamente a las exigencias expresadas por mis
colegas políticos, esto no constituye lo esencial de mi doctrina
política, sino apenas sus primeras manifestaciones. Estas son las
palabras que, en mi opinión, debieran abrir el debate acerca del rumbo
que el Estado de Israel lleva actualmente.
Estas tres palabras son: ¿Dónde está el dinero?
Esa es la gran pregunta que se hace la clase media israelí, clase en
cuyo nombre he decidido ingresar en la política. ¿Dónde está el dinero?
¿Por qué es que el sector productivo, que paga impuestos, cumple sus
deberes, realiza servicios de reserva en el ejército y carga sobre su
espalda al país entero, no ve dinero alguno?
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Última actualización el Viernes, 03 de Febrero de 2012 22:16 |
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María José Arevalo Gutierrez
Jueves, 02 de Febrero de 2012 16:55
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Cada 27 de enero se celebran a nivel mundial diversos actos en homenaje a los más de 6 millones de judíos que fueron cruelmente asesinados en los campos de exterminio. La ciudad de Cádiz no se libró de que sus ciudadanos pasaran por Gussen o Mathausen, tal como figura en una placa conmemorativa en la Diputación Provincial. Cuando tras más de 65 años se oyen todavía los testimonios de los descendientes de los deportados a esos campos de concentración, es difícil esquivar el sentimiento de tristeza, que no se acerca ni por asombro a todo el padecimiento que tuvieron que sufrir nuestros habitantes, fuesen del bando que fueren y pertenecieran a un credo distinto al que marcaba por aquella época por obligación el brazo político, sin olvidar aquellos que fueron tachados de vagos y maleantes por ser homosexuales.
Afrontamos un año clave en Cádiz, donde el Bicentenario invade cada rincón de nuestra ciudad y donde no se escatima esfuerzo y presencia alguna de nuestros representantes democráticamente elegido por el pueblo. Sin embargo su ausencia en este acto fue visible, aunque no por eso careció de la solemnidad que este recuerdo se merece. Celebrar un evento de conmemoración a una Constitución que entre otras cosas abolió el Santo Oficio, bajo el que tantos judíos perecieron, y no presenciar otro cuyos acontecimientos no se remontan a dos siglos atrás carece de toda concordancia posible. |
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Última actualización el Viernes, 03 de Febrero de 2012 22:08 |
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Rab. Ariel Kleiner
Viernes, 03 de Febrero de 2012 14:54
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5772 Beshalaj
Vivimos en un tiempo que va muy rápido. Se valora la inmediatez y la velocidad. Los medios de transporte recorren el mismo trayecto que antaño, pero ahora mucho más rápido. Las computadoras tienen más capacidad y más velocidad, para que nos podamos conectar a la red y no tener que demorarnos en bajar lo que estamos buscando. Los locales de comida rápida hacen furor, porque no estamos dispuestos a esperar algún otro tipo de plato. Los emails los podemos bajar desde distintos dispositivos para no esperar a recibir o responder el email que nos acaba de llegar hace tan solo dos segundos.
¿Cuándo perdimos la capacidad de esperar?
Cuando un bebe tiene hambre no le importa donde está, qué hora es, o que es lo que sus padres están haciendo en ese momento, él tiene hambre y lo hace saber hasta que alguien le provea el alimento deseado. En esta etapa de la vida no sabemos lo que es esperar. Es la cultura del fast food por excelencia.
A medida que vamos creciendo nos van enseñando, y si es posible vamos aprendiendo a lidiar con las frustraciones, a esperar. Vamos aprendiendo a respetar los tiempos y los espacios de otros.
Cuando vamos al médico, somos “pacientes”. Se espera de nosotros que esperemos con paciencia en la sala de espera. ¿Y cómo hacemos? Si hemos aprendido y hemos olvidado lo que es esperar.
El sociólogo Zygmunt Bauman en su último libro traducido al español La vida como obra de arte, nos habla justamente de cómo las personas valoramos el tiempo en la sala de espera y por el contrario de lo que nos parece no nos impacientamos, sino que queremos que ese tiempo se prolongue, es un tiempo de espera paciente.
Esta semana tendremos el día de Tu BiShvat, el año nuevo de los árboles. Tu BiShvat es una festividad que celebra la espera. ¿Por qué? En Tu BiShvat, el día 15 del mes de Shvat celebramos el año nuevo de los árboles. No podemos tener provecho (cosechar los frutos de los árboles) hasta que el árbol no cumpla su tercer año de plantado. ¿Pero cómo? - yo lo plante, en mi tierra, con mis semillas. ¿Cómo es que tengo que esperar? Tenemos el desafío de cuidarlo por los primeros años sin poder aprovechar sus frutos. |
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Última actualización el Viernes, 03 de Febrero de 2012 15:24 |
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