Rab. Ariel Kleiner
Viernes, 18 de Diciembre de 2009 15:40
|
Vistiéndonos de nosotros mismos
Esta llegando el fin de un ciclo lectivo y con él esta época que es de “fiestas” no solamente para nosotros, en la tradición judía. Para los que vivimos fuera de Medinat Israel nos encontramos con arbolitos adornados con luces, el señor de barba blanca y vestimenta roja en todos los anuncios publicitarios y así la ciudad se viste de fiesta, está más iluminada y en las calles se respira una suerte de mística especial.
En esta época del año en particular las personas se dan regalos para desearse un buen año, para expresar su estima los unos a los otros. Creo que no hay un regalo en particular, pero muchos regalan ropas, cuado entramos en un Shopping, vemos que la cantidad de locales de ropas ganan por mayoría.
Nosotros en nuestro calendario en el cual contamos el año 5770, estamos finalizando la festividad de Januca, la fiesta de las luminarias. Esta fiesta nos invita a pensar en temas complejos como la asimilación y en combinación con la porción semanal que leemos de la Tora podemos también pensar el tema de las vestimentas.
¿Cómo es esto?
En la lectura que leemos esta semana nos encontramos en la mitad de la historia de Iosef y sus hermanos. En este relato la vestimenta tiene un rol preponderante.
Yakov reconoce a su hijo Iosef por su ropa. Un manto multicolor que el padre le había regalado al hijo y que entre otras cosas fue lo que motivo la discordia entre los hermanos. Fue este mismo manto que los hermanos de Iosef empaparon en sangre para hacerle creer a Yakov que una bestia feroz había acabado con la vida de su hijo predilecto.
Luego de varios años de idas y vueltas Iosef llega a ser asesor del rey de Egipto. Ante una hambruna en la tierra de Israel los hijos de Yakov descienden a Egipto para buscar alimentos. Estos no reconocen a su hermano Iosef, no lo reconocen porque había pasado mucho tiempo desde la separación, no lo reconocen porque está vestido diferente. Aquí nuevamente la ropa se hace presente.
Si bien en la tradición judía, según nos enseña la Mishna en el tratado de Avot lo más importante es el contenido, lo de adentro y no lo exterior, no menos cierto es que la forma en la cual nos vestimos nos define.
Muchas veces tenemos tantas actividades distintas en un mismo día que tenemos que cambiar de vestimenta en varias oportunidades.
Dormimos con Pijama, hacemos gimnasia con ropa deportiva, vamos a trabajar con cierto estilo, cuando salimos a cenar con amigos o al cine nos vestimos diferente y cuando celebramos el día de Shabat nos vestimos de fiesta.
La ropa define nuestro estado de ánimo. A veces forzarnos a estar arreglados nos ayuda a mejorar nuestro el ánimo.
Ahora volvamos a Januca. La fiesta que nos desafía a reafirmar nuestra identidad. Nos desafía a pensarnos en relación a quienes somos y qué tomamos (y qué dejamos) de la cultura que nos circunda.
En la festividad de Januca celebramos que pudimos mantener la civilización y la cultura judía y no nos asimilamos frente a las amenazas de la cultura próxima.
Para nosotros que vivimos en las diásporas, en los países a los que llegaron nuestros abuelos bajando de los barcos, donde les abrieron las puertas para que hoy podamos estar donde estamos, tenemos que ser cuidadosos cuando manejamos conceptos como “asimilación”.
Propongo que entendamos la “asimilación” como la absorción de una cultura alternativa abandonando la propia.
El poder dialogar, estar en sintonía con la cultura del lugar donde vivimos es un motivo para celebrar. Esto NO es asimilación. Asimilación es hacer propia la cultura del lugar remplazándola por la nuestra. Asimilación es cuando dejamos de ser y nos convertimos en lo que no somos. Nos disfrazamos, somos solo exterior sin interior, no nos reconocen, y lo peor es que ya nosotros no nos reconocemos. Abandonamos nuestra propia identidad, dejamos de ser.
Vistámonos de nuestra tradición, disfrutemos de ella como disfrutamos cuando vestimos una nueva prenda. Aprovechemos lo que nos define, la forma de vida que nos marca quienes somos para no perdernos en los Shoppings de las diásporas, pero asumamos el desafío de entrar en un diálogo creativo. El diálogo es de a dos, si no nos conocemos a nosotros mismos, si no somos parte de lo que somos entonces no es un dialogo sino un monologo.
La Januquia (el candelabro de la festividad) se enciende en el interior del hogar, según la costumbre cerca de una ventana par difundir el milagro de la festividad. La luz la encendemos en el interior de nuestras casas, son nuestros valores, nuestra cultura, nuestra forma de vida, para poder sacarlos al mundo y ofrecer de nosotros lo mejor para que junto a todos los seres – sin distinción – aportemos nuestra luz para vivir en un mundo un poco más iluminado, más justo, más cálido, un lugar de paz, de Shalom. |
|