Rab. Ariel Kleiner
Martes, 08 de Diciembre de 2009 16:14
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El Reencuentro de lo humano
Martin Buber el pensador y filósofo del siglo pasado en su obra Yo – Tu nos propuso que la vida es encuentro, que somos en el vínculo que establecemos con las personas, situaciones y cosas con las que nos relacionamos.
Ya que estamos a días de que el aeropuerto de Carrasco comience a ser utilizado quería traer la imagen del aeropuerto como lugar de encuentro y a su vez lugar de despedida (o de des-encuentro). Si intentamos mirar desde afuera la fotografía vemos que en un mismo espacio personas se encuentran. Algunas no se ven hace algunos días o semanas, otras no se ven hace muchos años. Del otro lado gente que se despide, algunos hasta la próxima semana otros con fecha incierta de cuando se volverán a ver. Todas estas sensaciones de emoción y de alegría, muchas de ellas con lágrimas, conviven en un mismo espacio.
Los seres humanos somos seres sociales. En cada época y en cada lugar nuestras formas de vincularnos tienen algunas cosas en común y algunas cosas diferentes. La mesa que compartimos tiene mucho que ver con lo cultural de la época y del lugar. Cada país tienen sus especialidades (acá comemos asado y en Israel falafel – por poner un ejemplo) El orden en el que se sirven los platos (¿primero la sopa o va a lo último?) también tiene que ver con la cultura circundante.
En la Parasha de esta semana leemos sobre un encuentro, un encuentro entre dos hermanos que nacieron juntos (en el mismo momento, del mismo vientre) pero separados. Cada uno se dedicó a otra cosa, uno era más calmo y quieto – se quedaba en su casa probablemente estudiando – y el otro era un hombre de campo que salía a cazar. La historia la conocemos, idas y vueltas, venta de la primogenitura por un plato de lentejas, engaño con participación de la madre al propio padre hasta con un disfraz.
Si bien somos seres sociales dentro de una cultura, quiero detenerme hoy en lo universal de la historia, en lo que atraviesa el tiempo, el Desencuentro de los hermanos que en el relato bíblico de esta semana se encuentran.
¿Cuántas historias de desencuentros conocemos? A cada uno de nosotros nos vendrá a la mente en este momento amargas historias de desencuentros. Cada uno de nosotros tendremos historias de desencuentros. (Porque me dijo, o porque no me dijo, porque me miro, porque me hablo de esta o de tal forma.) A veces recordamos los motivos perfectamente y no conseguimos dormir, pero otras – y quizás la mayoría de las veces – ni nos acordamos exactamente que fue lo que paso pero si – y cómo olvidarlo – con quien nos desencontramos y no volveremos a encontrarnos.
La Tora esta semana nos desafía al encuentro de los hermanos, en un sentido amplio y extendido: nos desafía al encuentro de lo humano, de todo aquello que nos separa, nos desarticula y nos aleja del ser Humano con mayúscula. La historia de Yakov y Esav nos propone superar nuestras diferencias y encontrarnos.
A los hermanos protagonistas de esta historia les costo veinte años viviendo separados. Veinte años. ¡Eso es mucho tiempo! Imaginemos que el Bar Miztva es a los trece años de edad. Nuestros sabios entendieron que trece años es el tiempo en el que adquirimos el desarrollo y la madurez para iniciar el camino de la juventud / adultez. En veinte años corre mucha agua bajo el puente.
La Tora se ocupa especialmente de subrayar el paso del tiempo de una forma muy especial. Nos habla de los hijos de Yakov, que están cerca de él en el encuentro. Son tantos que nuestro patriarca los distribuye estratégicamente para protegerlos y que no les pase nada malo – nos dice el texto. Quiero proponer que es sólo la forma que encuentra el relato para distribuirlos a la vista de todos, que queden en el medio del encuentro entre los hermanos, y que de esta forma, Yakov y Esav, tomen conciencia del paso del tiempo. Esto es lo que pasó en este tiempo: Estos son los hijos que nos nacieron, este es el tiempo que perdimos estando desencontrados. Nos perdimos de encontrarnos todo este tiempo porque estuvimos desencontrados y no tuvimos la madurez suficiente de encontrarnos antes. Nos perdimos que los chicos tengan tíos y lo tíos sobrinos, que los primos puedan crecer juntos, nos desencontramos.
El relato es Terrible, pero por sobre todo es Alentador y Desafiante. Alentador porque nos enseña que siempre que hay desencuentro podemos decidir encontrarnos. Y Desafiante porque nos invita a no esperar más sino a hacer algo Ya con nuestros desencuentros en todos los ordenes de la vida.
La escena es como la de una película de Hollywood en un aeropuerto esperando el reencuentro de dos enamorados. Yakov se prosterna siete veces mostrando reverencia a su hermano. Esav corre a su encuentro, lo abraza y juntos lloran. El midrash (Breishit Raba) acentúa las categorías conceptuales, lo blanco y lo negro, los buenos y los malos y pone en duda el origen del abrazo y el origen de las lágrimas. En este caso propongo quedarnos con el PShaT, con la simpleza literal del texto. Se funden en un abrazo, con lágrimas en los ojos que nos hacen emocionar a nosotros lectores hasta las lágrimas reviviendo el relato.
Como nos enseña Buber la vida es dialogo, la vida es encuentro.
La imagen del aeropuerto con sus llegadas y partidas, bienvenidas y despedidas, encuentros y desencuentros. Nos sugiere que el lugar que fue de desencuentro lo puede ser de encuentro. Nosotros lo sabemos muy bien, las personas hacen el lugar y no el lugar a las personas.
La mejor forma de estudiar el relato es encarnarlo en nosotros, ser Torat Jaim (ejemplo de vida) y reencontrarnos con quienes nos desencontramos.
Que sea un Shabat de encuentros significativos
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